jueves, 28 de noviembre de 2013

Encinasola


La historia de la ocupación humana del término municipal de Encinasola, está volcada a la existencia de una importante red hidrográfica conectada al río Guadiana (Múrtiga, Sillo, Caño, Valquemado, etc.). A lo largo de estas venas de agua se han ido produciendo asentamientos permanentes desde los inicios de la Edad del Cobre, a lo largo del III milenio antes de Cristo (a.C.).

En ciertas zonas de la riveras se forman espacios de vega que fueron utilizados por estas primeras poblaciones para desarrollar una incipiente agricultura, que se acompañó con la ganadería y actividades artesanales como la recogida de lino para la elaboración de tejidos. Mucho se ha escrito sobre las minas de Encinasola, con minerales de hasta el 60% de cobre, pero no hay constancia que durante este período se explotaran estos yacimientos, salvo el situado en el Juncal (mina Victoria). Entre los asentamiento de este momento cabe citar la primera ocupación de la Peña de San Sixto, y los poblados de la Huerta del Picón y Sierra Herrera. Eran pequeños poblados formados por chozas con base de mampostería y cubierta de ramajes calafateados con barro. La actividad doméstica se denota en superficie por la abundancia de cerámica realizada a mano, pesas de telar de arcilla, molinos de mano y, en algunos casos, por hachas de piedra pulimentada. Los enterramientos se realizarían en dólmenes, grandes construcciones de piedra utilizadas a modo de panteón familiar. Tres de ellos se destruyeron en 1914 cuando se realizaba el camino de la Contienda, cerca del lugar conocido como Puerto de los Señoritos.

A lo largo de la Edad del Bronce (II milenio a.C.), a medida que va creciendo la importancia de la metalurgia, esta forma de poblamiento disperso cambia radicalmente. La población se concentrará en lugares estratégicos en relación a la explotación del alguna mina. Este es el caso del poblado situado en la Sierra de la Lapa (siglos X-IX a.C.) en el que se centralizarán las operaciones mineras de los filones de la mina Diamante (los Guijarros). La importancia de estas explotaciones mineras esta en relación con la demanda de cobre desde establecimientos costeros, desde donde se exportaría a los centros metalúrgicos de producción del bronce del noroeste peninsular. El final de este poblado se ocasionó por la pérdida de importancia del cobre y bronce con respecto a la plata, muy solicitada desde el establecimiento de los fenicios en la costa oriental de Andalucía en el siglo VIII a.C.

Después del abandono de la Sierra de la Lapa, no se han documentado asentamientos estables en la zona hasta el siglo IV-III a.C. Lo más probable es que con la caída de la minería del cobre, el territorio de Encinasola careciera de interés económico para fijar núcleos de población.

Esta despoblación es la que explica que se produjeran migraciones desde la Meseta y vuelvan a aparecer testimonios de habitación en la Peña de San Sixto desde el siglo IV a.C. Es el momento a partir del cual se amuralla este asentamiento de la denominada Beaturia Céltica, una población distinta a la ibérica que se estableció en el sur de Badajoz, Alentejo portugués y Sierra de Huelva. Son poblaciones que imponen un fuerte desarrollo de la agricultura extensiva de cereales, y que se destacan sobre todo por su actitud guerrera, lo que le llevará en épocas de carestía a realizar incursiones en busca de alimento en el Valle del Guadalquivir. El nombre de esta población se desconoce, aunque la inscripción romana en el yacimiento aluda a LAC, que pudiera corresponderse con la ciudad de Lacimurga. Otras ciudades contemporáneas serían Nertóbriga en Fregenal de la Sierra y Arucci en Aroche.

Con la llegada de los primeros ejércitos romanos al Guadalquivir a principios del siglo H a.C., se intentó frenar la incursión y la rapiña de estos pueblos serranos. Los encuentros con los ejércitos romanos serían numerosos y el saqueo de sus ciudades práctica común. Su alianza en razón de parentesco con los pueblos célticos y celtíberos de la Meseta en su lucha con Roma, ocasionará finalmente su pacificación y su entrada en la zona de dominio romano. No será, no obstante, un territorio que interesara especialmente al estado romano, dedicado a la explotación agrícola del Valle del Guadalquivir y las minas de plata de Sierra Morena.

Pacificada definitivamente toda la Celtiberia, estos pueblos vivirán con relativa calma hasta que Hispania entre de lleno en las guerras civiles que se desarrollan en Roma. Uno de los bandos representado por Sertorio elegirá Hispania para enfrentarse a sus oponentes. La táctica de Sertorio fue la de ganarse la confianza de los pueblos de etnia céltica, siempre dispuestos a la lucha, y hostigar con ellos las tierras controladas por el estado romano. En el poblado de San Sixto se podujeron luchas entre los dos bandos. Es probable que aquí se acuartelaran las tropas sertorianas para impedir el paso del ejército romano a la Céltica. Esto se deduce de la aparición de las balas de ballesta, plomos en forma almendrada, con la inscripción Q. Sertori. Procos., es decir, una parte del armamento utilizado por el ejército de Sertorio en la guerra. La abundancia de estas balas de plomo sugiere un hecho desarmas singular. Acabada la guerra con la derrota de Sertorio a manos de Pompeyo el estado romano comprendió cual fácil era la pacificación de la Baeturia. Cesar será el encargado de integrarla definitivamente en la órbita romana fomentando el auge de la ciudades como focos de romanización. De ahí que todas las ciudades de la Baeturia lleven el apellido Julia en agradecimiento a su protector (Lacimurga lulia Ugaltania).

La ingeniería romana pronto descubrió las posibilidades mineras de la comarca y se dedicó a la expotación sistemática. Todas las ruinas de Encinasola presentan signos de minería romana y las escorias de las fundiciones son abundantes en el término municipal. Entre otras volvieron a explotarse la mina del Juncal, de los Guijarros, labrándose ahora la Cueva de la Lapa, Cueva de San Pedro y Cueva de Santa María. La Contienda y sus alrededores fueron intensamente explotados, Campillo, Mojosa, Culeritos, Pico del Aguila, Madrona, cuyo poblado n-finero se encuentra en los alrededores de la Ermita del Flores, etc. La crisis de esta minería en el siglo II después de Cristo (d.C.) a raíz de la conquista de nuevos territorios con más posibilidades mineras (Dacia, Britania, etc.) provocó otra vez una crisis demográfica que ocasionó el abandono definitivo de la ciudad de San Sixto.

La importancia de la minería a lo largo del siglo I d.C. quizá sea la causa de la construcción de un Arco de Triunfo en la calle del Palomar, cercano al camino hacia Emérita (Mérida) y al poblado romano del Cerro de las Cortes, hoy seccionado por la carretera de circunvalación de Encinasola.

Este abandono de la población se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo VIII d.C. cuando la zona fue disputada por Castilla (Orden del Temple) y Portugal (Orden del Hospital). La construcción del Castillo de Encinasola en tiempos de Alfonso X El Sabio permitió el establecimiento de una pequeña aldea (Azinhasola), que con el tiempo se ha convertido en el núcleo urbano de este territorio. Amén de la buena visibilidad de la frontera con Portugal, en la elección del lugar pesaría también la existencia de los restos del pueblo romano del Cerro de las Cortes y el Arco del Triunfo del Palomar.

A partir de este núcleo, reducido a algunas casas alrededor del, castillo, la población se fue extendiendo en dirección a los caminos que convergían en este lugar, el camino de Portugal (C/ Portugal), el de Fregenal de la Sierra (C/ Corchuela), el de Cumbres de San Bartolomé (C/ Arrabal Menor), y el de Jerez de los Caballeros (C/ El Campo). La primitiva población de Encinasola procedía del Reino de León, especialmente de Galicia, aunque también llegaron de León y Salamanca. La protección de estos lugares contra las pretensiones portuguesas correría a cargo de la Orden del Temple establecida en Fregenal de la Sierra. Al otro lado de la frontera, en Aroche, Moura, Aracena y Serpa, la Orden del Hospital, con sede en Moura defendió La Contienda con una serie de torres (Sierra de la Torrecilla, Torrellano, Torrequemada, Llano de la Torre y Castelo de Paijuanes).

Solucionado el problema fronterizo, la disputa de la zona de La Contienda la llevaron a cabo Encinasola, Aroche y Moura. Hasta el siglo XVI no se llegaría a un primer acuerdo de división (Concordata), pero las disputas seguirían ininterrumpidamente hasta el siglo XIX (1894), año en el que se realizó la partición difinitiva. En un principio los habitantes de Encinasola no tuvieron derecho sobre estas tierras, en poder efectivo de la Orden del Hospital y la línea divisoria se estableció en la corriente del Múrtiga, hasta donde llegan los topónimos protugueses (Sierra de la Lapa, Sierra de la Cueva, Sierra de Giraldo). El uso temprano de estos terrenos por los habitantes de Encinasola le ofreció posibilidades en la partición de La Contienda. Durante la Guerra de Granada, los habitantes de Encinasola y Cumbres de San Bartolomé participaron en la toma y repoblación de la localidad malagueña de Alora. El incremento demográfico de la población sería intenso pues en el siglo XV habitantes de Encinasola y Cumbres de San Bartolomé repueblan Barrancos, en un momento en que la corona portuguesa hubo de tener problemas para fomentar la repoblación de estos lugares. A este hecho responde el carácter y peculiar portugués de Barrancos, con gran cantidad de giros castellanos.

El encontronazo de estas poblaciones hermanas surgió con motivo de la Guerra de la Restauración de Portugal (siglo XVII), en la que se multiplicaron las algaradas de castellanos y portugueses en los dominios de sus vecinos. Como ejemplo cabe comentar que las Casas Consistoriales de Encinasola fueron incendiadas en una razia portuguesa y no se reconstruyeron hasta al siglo XVIII. Ante estas amenazas la población se refugia en los fuertes de San Juan y San Felipe, construidos a final del siglo XVI.

Estas fortalezas se mantendrían en buen estado hasta la Guerra de Sucesión, momento en que la población tomó partido por el futuro Felipe V e impidió la entrada de la tropas del Archiduque Carlos. Por esta razón Felipe V otorgó a la villa un escudo de armas con una encina con campo blanco.

Durante la Guerra de la Independencia, la población se hizo fuerte en los baluartes de San Juan y San Felipe ante las tropás francesas comandadas por el general Garsan, que combatía a la división del General Ballesteros, establecida en la Sierra de Huelva. Después de diez dias de asedio, capituló y las tropas francesas se ensañaron con la población. La artillería de los fuertes fue desmontada, inutilizada y enterrada en la afueras de la población. Parte de ella se recuperó y sirvió de soporte a las barandillas del Paseo Chico.